Carta a un autor
Quito, abril de 2016.
Señor:
Marcelo Chiriboga
Ciudad
Estimado autor,
Tengo todas las intenciones de
saludarle como a usted le gusta que lo hagan, pero mi desconocimiento de este
ritual me impide disponer de las palabras y formas precisas, lo que me llena de
frustración. Sin embargo, no dejaré que este sentimiento impida a mi mensaje
manifestarse.
Quisiera comenzar por preguntarle
(aunque quizá deba esperar tiempo indefinido por una respuesta, una que podría
no llegar nunca, si ciertos rumores obedecen a la realidad), por preguntarle,
repito tras un largo e incómodo paréntesis, ¿qué opina usted de quienes niegan
su existencia y la adjudican a los rumores maliciosos de otros escritores,
dizque “para hacerle un favor a Ecuador”? No puedo negar la posibilidad de que esta
indagación resulte ridícula en el escenario de que su esencia no sea más que
una divagación. Me llena de esperanza pensar en que, a vuelta de correo, o
dentro de una botella náufraga, o tal vez en el rincón menos sospechado de un tímido
periódico, encuentre evidencias concretas de su paso por el mundo o, al menos,
una invitación a conservar la fe.
He buscado en muchas librerías de
Latinoamérica su obra más conocida, “La caja sin secreto”; pero siempre me
estrello con las burlas o el desprecio de los dependientes: algunos sonríen
antes de darme la espalda, otros pasan a este lado del mostrador antes de
gritarme toda suerte de improperios. A pesar de todo, debo decir que en mi
gesta no todo ha sido negativo: en cierta ocasión, tras soportar la humillación
(que no quiero entender) de un librero malhumorado, cuya figura alargada lo
hacía terriblemente amenazante, se acercó a mí una joven que cargaba algunos
ejemplares, y me dijo: “yo también llevo tiempo buscando lo mismo que usted,
pero he aprendido a ser discreta”. Esto sucedió hace menos de un mes, y acabo
de llamar a la chica para enterarme de los resultados de sus esfuerzos. Ella
también le busca, maestro, en Cuenca, donde dicen que nació.
Ni siquiera sé a dónde enviar
esta misiva. Tal vez la dejé por ahí, a merced del viento, y tenga la suerte necesaria.
Me despido con toda la
disposición y espíritu intranquilo,
Oliver Jhony
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